viernes, 23 de abril de 2010

Retos

Cuando tenía 14 años, justo hace 14 años, nos mudamos a la capital, no hubo oportunidad de despedirse de los amigos, de los vecinos porque supuestamente vinimos con intenciones vacacionales, una vez acá, no regresé sino después de dos años. El cambio fue más que difícil, recuerdo que no alcanzaba a entender, por el dialecto de la gente, lo que decían, lloraba en silencio en las clases de Literatura, Inglés, Ciencias y Sociales. Recibía cartas y fotos de amigos que siempre tenían la esperanza de que yo volviese un día. Pasaron dos duros y largos años para que yo empezara a ver la belleza de esta tierra, considerar amigos a amistades que llevaban ya días de haber comenzado. Cuando he regresado a Manta por vacaciones, me han preguntado si volvería a vivir allá, y obviamente siempre he respondido que no, los motivos: tengo mi vida en Quito, tengo mis amigos…

Siempre he sabido que no me gustan los cambios desde ese entonces, no he sido muy buena para hacer amigos nuevos, por lo analítica que soy, más que por la timidez que otros piensan. Me gusta estar con mi gente y compartir tiempo con ellos, en los últimos años las relaciones con amigos se han profundizado más y más cada vez, de modo que se hace muy difícil algún día dejarlos. Han pasado catorce años acá y tengo amistades con ese tiempo.

Recuerdo que desde niña, me atrevía a hacer cosas que de pronto a los otros niños asustaban o ponían nerviosos, me atrevía a declamar, bailar, concursar en diversas actividades, dar opiniones, aún con la timidez que dice, el test sicológico, que poseo; a ir al cuarto oscuro, salir cuando no había luz; todo esto para demostrar que no tenía miedo, ¡y yo sí tenía miedo!, sólo que me lo aguantaba, para demostrar que podía hacerlo…

Hace dos días tomé la decisión de trabajar en otra ciudad, a 8 horas en bus o 40 minutos en avión de acá. Tuve poco tiempo para pensarlo, apenas un día, lo comenté con pocas personas, sin pedir opiniones, solo como comentario. Es una buena oportunidad, pero sé que no es lo máximo, es más bien un tremendo reto, dejarlo todo para cumplirlo, para demostrar(me) que puedo hacerlo. Ayer estaba diciendo que lo hago porque lo necesito, cayendo en algo que acostumbro: “necesito”. Me hizo pensar algo que aprendí hace poco, pero que “olvidé” al instante: “…el que tiene a Dios, nada le hace falta…” Nada necesita…

Ya se han derramado varias lágrimas desde ese día, y me he tragado el triple de esas, he desilusionado a gente que amo con mi decisión y mi forma de decidir. Todavía sé que queda harto dolor por aguantar, no sé si realmente podré hacerlo, alejada de mis amigos y familia. En un ambiente completamente distinto al mío y a lo que me gusta. Sin embargo quiero intentarlo, quiero no sentirme dependiente de la gente que amo, como una prueba (tonta) de “no aferrarme”, quiero realmente depender de Dios que mi relación con él no dependa de las personas… sí sé que es tonto, porque Dios nos llama a tener una comunidad. Ante el temor de que ellos se vayan un día, prefiero hacerlo yo… tantos “razonamientos” estúpidos que pasan por mi cabeza, que prefiero mejor no pensar… como un guerra, unos en contra de los otros, y ambos bandos ciertamente fuertes.

Ayer, mi cumpleaños 28 empezó de una forma muy singular, compartiendo con un amigo especial desde la madrugada, con el pasar de las horas los saludos y las felicitaciones, también los “no te vayas”, “no me dejes”, seguido del llanto de mi madre, las llamadas que eran más que regalos y las llamadas que esperé y nunca llegaron.

Así empezó este nuevo año, con cambios importantes, necesito fortaleza de lo alto para afrontarlos, necesito a mi gente apoyando…

Gracia

Cuando no tenía donde ir, tú me diste un lugar Un lugar entre tus brazos, abrazo que no es fugaz Cuando estaba sucia por mi caminar, me...